La cultura moderna nos empuja hacia adentro de nosotros mismos: sé tú mismo, sigue tu corazón, confía en tus sentimientos. Pero ¿cómo confiar en algo que cambia tanto? Hoy te sientes seguro, mañana frágil. Ahora te sientes amado, en minutos solo. Si basamos nuestra identidad en algo tan inestable como sentimientos, deseos o logros, viviremos en una crisis constante. La identidad no puede construirse sobre arena.
La carne —nuestros impulsos y voluntades— lucha contra la verdad del Espíritu. Y ese conflicto interno revela una gran verdad: no podemos ser nuestra propia fuente.
Haz una lista de los sentimientos o deseos que más influyen en cómo te ves a ti mismo. Pregúntate: ¿Esto concuerda con lo que Dios dice sobre mí? Si no es así, renúncialos en oración y declara:
Mi identidad viene del Espíritu, no de la carne.